Un gran angular resalta la relación entre el faro y el paisaje, permitiendo acercarte a líneas de roca que dirigen la mirada. Un teleobjetivo comprime planos, ideal para aislar el faro entre olas y nieblas. El trípode debe tener patas robustas, cierres fiables y puntas para anclarse en superficies blandas. Evita sumergirlo innecesariamente; enjuágalo con agua dulce tras la sesión. La estabilidad es narrativa: cada milímetro de vibración se traduce en pérdida de detalle y tensión innecesaria en la lectura visual.
Usa ND para transformar el oleaje en veladuras que sugieren paso del tiempo, y GND para equilibrar un cielo luminoso con rocas sombrías. El polarizador elimina reflejos en charcos intermareales y satura colores, pero puede generar gradaciones extrañas en angulares extremos. Lleva portafiltros resistente a golpes y gomas antisalpicaduras. No todo requiere larga exposición: a veces una velocidad alta que capture salpicaduras congeladas cuenta mejor la fuerza del mar. Decide en función de la historia y no de la herramienta por sí misma.
El salitre se deposita en cristal y juntas, así que limpia con frecuencia usando paños dedicados y sopladores, evitando arrastrar partículas. Una funda de lluvia para cámara y mochila añade tranquilidad cuando el viento gira inesperadamente. Guarda baterías y tarjetas en bolsas estancas, y no subestimes la lluvia horizontal en acantilados expuestos. Tras la sesión, enjuaga trípode y zapatillas con agua dulce, ventila la mochila y revisa tornillería. Cuidar el equipo no es obsesión, es asegurar que puedas volver mañana a contarlo con nitidez.






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