Levantado para proteger a los navegantes de cabos traicioneros, el faro de Fisterra también ilumina relatos de brujas, luces fantasmas y señales que los marineros juraban ver entre la espuma. La linterna, visible a gran distancia, inspiró a generaciones de gentes de mar. Hoy sigue en pie como símbolo de orientación, complementado por un semáforo histórico y un paisaje que mezcla granito, brezo y gaviotas que planean como pájaros-carta sobre la resaca.
Las puestas de sol aquí parecen ceremonias: turistas en silencio, cámaras ansiosas y una pausa colectiva cuando el disco naranja toca el borde del océano. Sin embargo, la belleza impone prudencia. No saltes vallas, no te sientes al filo y evita los selfies temerarios; la roca húmeda engaña. Lleva frontal para el regreso, abrigo extra por la caída térmica y deja margen horario si vuelves caminando a Fisterra pueblo entre sombras y bruma.
El kilómetro cero oficioso del camino prolongado congrega mochilas cansadas y sonrisas nuevas. Algunos atan sus botas a la mochila como trofeos sin humo ni fuego, otros escriben notas discretas que el aire termina llevando. Escuchar historias en el mirador, compartir fruta, intercambiar rutas y promesas de volver crea comunidad. En tardes claras, escucharás música suave de algún gaitero improvisado, y el océano, como siempre, responderá con una respiración larga.






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